
Con la convicción terrible de ser el único sobreviviente, el último humano otea el horizonte buscando, en vano algún atisbo de esperanza al que atar su corazón marchito. Se puede tener fe sabiendo que se está solo? Se puede enfrentar con alguna expectativa un mañana? Será que nada queda ya por esperar, tan solo la muerte que aguarda, ya sin apuro, para cobrar la última deuda? Después del Apocalipsis sangrante al que la humanidad a sí misma se condenó y ejecutó, el último ser pensante que marcha ahora por sobre la Tierra, se detiene a imaginar cómo hubiese transcurrido en cambio la historia, si aún estando a tiempo y con esperanzas guardadas, la humanidad, lejos de arrogarse ser dueña y señora de todo lo creado hubiese en cambio asumido su esencia primordial de ser apenas parte del polvo estelar que decidió juntarse. Frente al infinito que se despliega en lo alto, incólume ante sus ojos aquel pobre ser al que le tocó poner punto final a la memoria de todo lo que fue, incrédulo contempla la nada que ha quedado y deshaciéndose en un ruego que más semeja un delirio irrumpe en llanto final, ansiando que hubiera sido otro su destino


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